Los logros y fracasos son pasajeros.

Los logros son agradables y llenos de aplausos, alegrías. Es el culmen del esfuerzo por tanto quizás el gran valor está en el proceso que no muchos ven pero que es el que transforma la conducta, el corazón, la visión.

Amar a las personas en todo tiempo y más en sus procesos nos puede llevar a profundizar en ver que la vida no solo tiene que ver con el logro o el fracaso porque son momentos, y si amamos a las personas no solo queremos compartir de manera momentánea sino de manera permanente, así que atrévete a acompañar en los procesos, a conocer a quién Dios ha puesto a tu lado, preguntando intencionalmente, recogiendo lágrimas y observando gestos de incertidumbre, sonrisas legitimas o miedos y confusiones. 

La humanidad está cubierta en ocasiones de «increíbles» espejismos que ocultan los tesoros reales de las personas, nos fijamos en aquello que queremos ver en otros, pero, ¿por qué no fijarnos en lo que viven y experimentan en el silencio?

Nos podemos atrever a amar a las personas en sus procesos. Los logros hay que disfrutarlos, recordarlos a manera de inspiración y con motivo de volver a llenarse de autoconfianza, podemos decir: «si lo hice y lo superé una vez, lo podré de nuevo». Es motivación el logro pero el proceso es transformación, es una onda que se expande para generar empatía, interés genuino en el otro, interés en lo que es y no lo que queremos o creemos que puede ser.